En un mundo donde los objetos compiten por nuestra atención, la lámpara de pie Papillona, diseñada por Afra y Tobia Scarpa para Flos en 1985, elige un camino más silencioso. Se alza como una figura solitaria en un atardecer veneciano: su silueta es a la vez firme y sutil, y nos invita a detenernos en sus matices.
Bautizada como Papillona —“mariposa” en francés, esta lámpara no es solo un punto de luz, sino un instante, suspendido en aluminio, vidrio y tejido. Sus alas sintéticas, resistentes al calor y regulables en tamaño y posición, parecen vibrar con energía contenida, como si estuvieran a punto de alzar el vuelo. Un difusor de vidrio esmerilado suaviza el brillo de su corazón halógeno —una tecnología entonces novedosa y todavía joven—, mientras el regulador de intensidad permite modular la luz según el ritmo y gusto de quien la posee, convirtiendo la Papillona en una lámpara que más allá de iluminar ofrece un ritmo y coreografía de luces y reflejos.
Quedarse en la forma sería perder lo esencial. Afra y Tobia Scarpa, un matrimonio de arquitectos que se conoció en las aulas de la Università Iuav di Venezia en los años cincuenta. No fueron meros diseñadores, sino auténticos alquimistas del espacio y la emoción. Tobia, hijo del reconocido Carlo Scarpa, heredó una devoción casi espiritual por los materiales —vidrio, madera, metal—, afinada durante su paso por la histórica cristalería Venini en Murano. Afra, nacida en Montebelluna, aportaba una mirada más apegada a lo humano, capaz de traducir ideas y experiencias vividas al diseño y la forma. Juntos construyeron un legado que abarca desde el sillón Soriana —galardonado con el Compasso d’Oro en 1970— hasta complejos industriales para Benetton. En cada proyecto defendieron la misma convicción: el diseño debe conmover tanto como servir.
La Papillona encierra además historias menos conocidas. Surgió a mediados de los años ochenta, en un momento de transición personal para los Scarpa. Se habían trasladado a una casa rústica en el campo veneciano, dejando atrás el bullicio urbano para acercarse a la naturaleza. Amigos de la pareja recuerdan a Afra dibujando a la luz de una lámpara en el jardín, observando las polillas que revoloteaban a su alrededor. Esa contemplación resuena en las alas de la Papillona: no como copia literal, sino como una evocación de la fragilidad y la fuerza existiendo en equilibrio. Frente al diseño ostentoso de la época, su estructura minimalista, a menudo en antracita o tonos metálicos, es rebeldía frente al exceso, un suspiro elegante en una era de estridencias.
También su proceso de creación habla de dedicación. Los Scarpa trabajaron junto a los artesanos de Flos para perfeccionar las alas ajustables. Los primeros prototipos utilizaron una mezcla delicada de seda, que finalmente resultó demasiado frágil para soportar el calor halógeno. Tras meses de pruebas, optaron por un tejido sintético resistente y translúcido, capaz de soportar la intensidad y calor sin perder su aspecto ligero y etéreo. Afra insistía en lograr “una luz que se sintiera viva”, un perfeccionismo manual poco común en una industria que empezaba a inclinarse hacia la producción masiva.
La lámpara guarda, además, un guiño sutil al legado del padre de Tobias, Carlo Scarpa. Cuya obsesión con el vidrio prismático o facetado, influenció el diseño del difusor de la lámpara. El difusor de la Papillona cuenta con una textura suave que filtra la luz emulando las ondas y reflejos de las aguas venecianas. Esta comparación no es una cita explícita, pero sí un guiño al legado de Carlo que conecta generaciones y que también puede rastrearse en otras piezas de los Scarpa, hoy presentes en museos como el Louvre o el MoMA.
La producción de la Papillona cesó alrededores del año 2010, lo que la convirtió en una pieza codiciada en el mercado vintage. Su rareza se ve acentuada por una curiosa anécdota, la producción de una pequeña serie en laca roja vibrante, encargada por una galería milanesa en 1987, que nunca llegó a distribuirse ampliamente. Apenas unas pocas unidades existen, y su paradero circula en voz baja entre coleccionistas, como si de un tesoro perdido se tratase. Encontrar una es asistir a un momento en que los Scarpa permitieron que su contención habitual dejara paso a un destello de atrevimiento.
En su presencia, la Papillona se siente más como compañía que como objeto. Sus alas, ajustables con un gesto suave, invitan a moldear la luz como quien moldea un pensamiento: con intención y con cercanía. Es el eco de una época en la que los Scarpa, pese a décadas de intensa producción, (en 1985 su retrospectiva en Queens ocupó más de 30.000 pies cuadrados, y Afra comentó con ironía al New York Times que “Quizá trabajamos demasiado”), aún encontraban placer en crear algo capaz de transformar un espacio con un solo movimiento.
Vivir con una Papillona es heredar esa mirada y sentimiento: un mundo donde la luz no solo ilumina, sino que sueña; donde el diseño no se limita a verse, sino que se siente, como el roce de un ala de mariposa sobre la piel.